Marrakech
Myriam Ybot
En febrero viajé a Marrakech.
Aclaro: no pretendo generar asombro ni darme pisto, que desde que esa conocida compañía aérea irlandesa conectó Lanzarote con la Ciudad Roja, quien más quien menos, o ha estado ya, o planea hacerlo en cuando encuentre el momento y la oportunidad. El vuelo es asequible y los riad (en árabe “edén” o “jardín”) —casas familiares tradicionales, con un patio central, fuentes cantarinas y abundante vegetación, reconvertidas en alojamientos turísticos—, resultan lo suficientemente exóticos para trasladarnos a una fantasía de mil y una noches. Sus tarifas son tan diversas como su amplitud y servicios, pero hasta el más humilde cuenta con personal amable, desayuno abundante recién hecho y todo el tipismo al que aspira el incombustible turismo occidental.
La cultura urbana es otra poderosa razón para el viaje. Por los callejones estrechos de la medina, la judería y los zocos, entre mezquitas, palacios y tumbas, la marea humana arrastra a visitantes y locales en una mezcla colorista y bulliciosa cuya banda sonora es un babel de idiomas y sonidos. Las abundantes motillos y las carretas tiradas por burros comparten sin conflicto el espacio público con las personas, entre bazares, puestos de comida y sacos de especias. Y siempre habrá unos tenedores disparejos cuando se demandan en un local en el que el resto de comensales solo utiliza las manos.
Si hay algo que sorprende y atrae a partes iguales es la resistencia de Marrakech a ser transformada por la canibalización turística. Si me quieres, aquí me tienes, pero en mi espléndida singularidad, parece que nos grita desde sus laberínticos mercados, sus faldones sucios y la manera tan poco delicada con la que en el hamman restriegan las pieles foráneas.
Tal vez el principal cambio que pude percibir respecto a una expedición previa, hace un cuarto de siglo, fue un neto desinterés por el regateo comercial, antes tan característico. Mis tres intentos de obtener una rebaja chocaron con barreras de extrañeza, alarma o desinterés por la transacción, actitud que agradecí, por otra parte. Los precios de los cachivaches de recuerdo que estaba dispuesta a adquirir no merecen tanto esfuerzo.
Y para quienes estamos más costumbradas a circular por el espacio Schengen, no está de más recordar que en Marruecos hay que cruzar un arco de acceso a las zonas aeroportuarias; que la compañía irlandesa (no sé el resto) obliga a pasar por el puesto de facturación incluso sin equipaje de bodega, y que, además del control de entrada a la zona de embarque, hay que hacer otra cola para el sellado del pasaporte. Las dos horas de previsión de antes de volar se hacen cortas.
Salam Aleikum, la paz con ustedes.