Lo que es inevitable
Por Francisco Pomares
Coalición Canaria, que ha gobernado Canarias desde hace más de tres décadas, con apenas una legislatura fuera del poder –la del ‘pacto de las flores’-, no comenzó siendo un partido, sino un pacto entre partidos para apoyar una moción de censura protagonizada por Hermoso, entonces vicepresidente del Gobierno de Canarias, contra su presidente, el socialista Saavedra. Fue ése el inicio de la heterodoxa andadura de un proyecto que cuajó con la presentación conjunta de las AIC, ICAN, el Centro de Olarte, Asamblea Majorera y el minúsculo PNC, a las elecciones de 1993, por primera vez como coalición electoral. El experimento funcionó y logró cuatro diputados en esas legislativas y 21 diputados en las regionales de mayo de 1995, consolidando con ello el Gobierno coalicionero, en un pacto con el PP.
Diez años más tarde, Ican sufrió una escisión –principalmente en Gran Canaria- que daría lugar a Nueva Canarias, un partido liderado por Román Rodríguez, que había sido presidente del Gobierno de Coalición Canaria hasta 2003, y que no pudo revalidar su puesto, del que fue desplazado en las regionales de 2003 por su vicepresidente, Adán Martín. Significativamente, solo dos meses después de la escisión en ICAN, en mayo de 2005, la coalición que gobernaba las islas decidió convertirse en un partido único, con el mismo nombre usado para participar en las elecciones: Coalición Canaria.
Durante doce años, desde sus inicios en 1993 hasta la escisión de Nueva Canarias en 2005, Coalición se mantuvo en el poder, siendo siempre la fuerza política más votada del archipiélago, con más de un tercio del voto regional. A partir de la escisión, el voto nacionalista se dividió entre Nueva Canarias y Coalición, que dejó de ser mayoritaria en las islas: en 2007 lo fue el PSOE, en 2011 el PP y en 2015 nuevamente volvió a serlo el PSOE, aunque en un práctico empate de las tres fuerzas mayoritarias, que quedaron todas por debajo del veinte por ciento de los sufragios. La suma de los votos nacionalistas –Coalición y Nueva Canarias- supuso el 30 por ciento de los votos en 2007, un porcentaje del 35 por ciento en 2011 y del 29 por ciento de los sufragios emitidos en 2015. La crisis económica y la eclosión de los nuevos partidos –Podemos y Ciudadanos- supuso en 2015 grandes retrocesos para el PP (casi la cuarta parte de sus votos) y el PSOE (más de un 44 por ciento), pero sólo provocó la pérdida del seis por ciento de los votos nacionalistas, y un aumento de cuatro diputados: 18 de Coalición Canaria y cinco de Nueva Canarias, frente a los 19 obtenidos por Coalición Canaria en 2007.
La lectura de todos esos datos es obvia: durante 25 años de hegemonía política en esta región, tanto Coalición como el conjunto del nacionalismo canario han resistido mejor el desgaste electoral de lo que lo han hecho el PP y el PSOE. Lo exótico e inexplicable es que, manteniendo el nacionalismo en Canarias esa extraordinaria capacidad de resistencia electoral, el histórico conflicto de liderazgo entre Coalición y Nueva Canarias –que provocó la escisión de 2005- mantuviera primero al gobierno regional en el impasse de una minoría parlamentaria que impedía gobernar, lastrando al conjunto de Canarias con enfrentamientos improductivos y constantes, y después diera lugar a que Nueva Canarias facilitara un pacto de izquierdas, y reescribiera su historia como partido heredero directo de Ican, como si el tránsito por el poder –de la mano de Coalición- no se hubiera producido nunca.
Eso ha dado lugar a enfrentamientos recurrentes en los medios, en el Parlamento y –durante la primera legislatura de Clavijo- entre el Cabildo grancanario y el Gobierno regional. Sin embargo, la actuación parlamentaria en el Estado –cuando Coalición y el partido de Román fueron en una única lista- se coordinó sin demasiados problemas. Eso demuestra que, en realidad, lo que separa a ambas fuerzas no fue nunca un conflicto ideológico –por más que Nueva Canarias guste de situarse ella en la izquierda y a Coalición Canaria en la derecha-, sino un conflicto de intereses personales, una pelea por ver quién manda. Una pelea, en la que la recuperación del poder regional por Coalición y la consiguiente pérdida de poder de Román tras su pacto con la izquierda, ha llevado a un reposicionamiento de fuerzas en Nueva Canarias, con los alcaldes cuestionando el liderazgo eterno de Román. Ese reposicionamiento conduce inexorablemente a alguna forma de entente entre Coalición y los alcaldes. Se materializará como acuerdo, como coalición electoral, como convergencia política en el tiempo o por cualquier otro formato más o menos imaginativo y complejo. Pero es inevitable que ocurra. La cuestión es si el resultante de ese acuerdo mejorará sustancialmente los resultados electorales del nacionalismo. En el patio local es obvio que así ocurrirá. ¿Pero logrará mejorar la escasa representación canaria en Madrid? Con la polarización creciente de la política española, eso es más difícil de predecir.