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Arde

Andrea Bernal

 

 

 Arder significa una oxidación veloz, una reacción exotérmica acompañada de llamas.

 

 Ardemos estos días junto a los bosques y parques nacionales de España. Ardemos porque no somos ajenos ni como especie ni como sociedad, a las hectáreas calcinadas, a los animales muertos, a las viviendas perdidas, a los árboles huesudos y grisáceos por los que atravesó el fuego.

 

La naturaleza tardará en re-crear. Un futuro incendiado cada vez más presente de un cambio climático y de una despreocupación por el cuidado de nuestra natura, del que somos agentes constantes.

 

El logos de Heráclito constituía esa llama que se apaga y se enciende con medida. Lo difícil es encontrar esa “medida” común hoy.  Difícil hablar estos días de virtud, prudencia, cuidado…El justo medio parece haber desaparecido.

 

Mientras unos dirigentes dicen que ardemos “porque el cambio climático mata”, otros replican que  sostener eso es una sandez, que “lo que mata es el fuego”.

 

He aquí el nivel. Buscar la causa de una naturaleza que se vuelve cada vez más violenta, en relación con un ser humano que la ha violentado -esto no parece cuestionable- antes.

 

Ardemos, y arder parece un bello verbo, sonoro, contundente, limpio. Pero al arder perdemos, con una sola reacción una protectora Matria, todas nuestras inspiraciones. Nos ahogamos.

 

Nada arde bajo un 14% de oxígeno, equivalente a 20 grados. Todo arde con ignorancia, sin embargo.

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