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Una librería de La Laguna

Francisco Pomares

 

Desde crío, siempre soñé con ser dueño de una librería de viejo. Y con 18 años recién cumplidos en noviembre del 75 años, pocos días antes de que Franco muriera en una cama de hospital, abrí una en La Laguna: sobrevivió malamente hasta mediados de 1980, instalada en un garaje de la primera transversal de la calle de La Higuera. Tuve que cerrarla porque nunca fue un buen negocio: su principal cliente era yo mismo, y además como dueño y comprador me habitué rápidamente a darme a mí mismo continuos sablazos. Cuando cerré, había logrado hacerme con una biblioteca enorme, absurdamente excesiva para un joven de 23 años. A mi padre le gustaba decir entonces que yo soy un lector de solapas, y aunque me he considerado siempre a mí mismo como un lector esforzado, de los que no sueltan un libro hasta acabarlo, algo de razón tenía: soy comprador compulsivo, un amante del tacto y el olor de los libros, sean nuevos o viejos. Mi casa ha sido siempre una suerte de cueva de Alí Babá repleta de libros imposibles comprados en rastros, mercadillos y librerías de viejo, heredados de otros lectores que nunca conocí.

 

Sé que mi padre tenía razón, y tampoco leeré nunca la mayoría de los libros que atesoro, aunque eso nunca ha frenado mi pasión alejandrina por tenerlos. Comprar libros hoy, cuanta tanta gente se desprende de ellos, es una afición menos gravosa de lo que se piensa, sobre todo si compras en librerías de viejo de internet. Pero cuando yo me aficioné a amontonar libros y más libros por todos lados, la palabra internet ni siquiera se había inventado aún, y en todo el mundo no llegaban a cien los ordenadores conectados en red. Cuando llegaron al millar, en el año de Orwell -1984-, yo compraba casi todo lo que leía (y no leía) en una pequeña librería lagunera de la calle Heraclio Sánchez, que llevaba ya once años funcionando.

 

Estaba entonces –y allí sigue su primera sede, ahora librería general y administración- en la esquina de Heraclio y la calle Catedral, una pequeña tienda, en la que con dificultad cabían al mismo tiempo media docena de estudiantes. La montó la familia Lemus en 1973, como un negocio sin más pretensión que la de vender textos a los estudiantes de la Normal y la vecina Universidad. Esa intención fue eclipsada durante los primeros años por el glamour de la Librería Jarama, sancta sanctorum de la izquierda culta lagunera en la Avenida de La Trinidad. En los primeros años de la Transición Jarama soportó amenazas y algunas pintadas perpetradas por la derecha franquista ultramontana. Las agresiones le dieron un enorme prestigio, y convirtieron Jarama en uno de los centros de la vida cultural y literaria de Aguere. Comprar libros allí era una declaración política, en un momento en el que absolutamente todo era política. Pero Jarama no duró demasiado: era una buena librería, con criterio y buenos fondos, pero todas las grandes librerías se forjan por la empatía de sus dueños con sus clientes y su negocio. Para ser librero no hay que entender sólo de libros, también hay que saber cómo venderlos. Jarama acabó cerrando, probablemente porque no contaba con los hermanos Lemus, incansables herederos de esa tradición comercial lagunera, universitaria y libresca que todavía hoy sobrevive en la ciudad. Sin alharacas ni definiciones, más allá de la férrea voluntad de ser la mejor y mayor librería de la ciudad y formar parte activa del paisaje cultural de Canarias, Lemus creció, emprendió una comprometida aventura editorial, y definió un espacio cada vez más próximo a la propia Universidad, abriendo dos nuevas librerías en Heraclio con Pedro Zerolo primero y más tarde en la misma esquina de Zerolo con La Trinidad, y en el Camino de la Hornera, ya en el mismo Campus.        

 

Este mes, Lemus cumple medio siglo de una historia, que es –más que la historia de un recorrido- la de un tiempo en el que casi todo lo que tiene que ver con el libro y su comercio ha cambiado, desde el mismo concepto de lo que es un libro –hoy tiende a ser de nuevo un objeto cultural, como lo fue en los inicios de su historia-  a su logística de distribución o venta. Vivimos un tiempo en el que la visión alfabética y la misma alfabetización retroceden en el mundo desarrollado, en un desafío creciente no sólo a la literatura, sino al conocimiento.  Un tiempo en el que los libros impresos a demanda, los ebooks descargados de internet, los audiolibros, los libros-objeto hiperilustrados, el bestseller literario y los fenómenos literarios impostados, compiten salvajemente por acabar de secuestrar el alma de los lectores. En este tiempo tan extraño de ahora mismo, la expansión y resistencia después de medio siglo de una gran librería lagunera, construida libro a libro por sus dueños, es casi un milagro. Un milagro a celebrar con ellos, desde luego.

 

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